La destitución de Trump

Foto: Policy.mic

Robert Kuttner*

Trump ha tratado de gobernar por impulso, por capricho o para retribución personal, ya sea por ganancia o por decreto. Como si hubiese sido elegido dictador, y así no funciona. A una semana de convertirse en presidente, las llantas se le están cayendo al autobús.

La impugnación o juicio político (impeachment) está ganando terreno porque es la única manera de sacarlo del poder y porque los propios republicanos lo están abandonando en masa. Porque este hombre es psiquiátricamente incapaz de entender si algo es legal antes de hacerlo. La impugnación de Trump cobra fuerza porque es horriblemente claro que no está capacitado para ser presidente.

Los colaboradores alrededor de Trump, incluso lo más leales, se la pasan la mitad de su tiempo tratando de controlarlo y la otra mitad del tiempo se la pasan tomando llamadas frenéticas de republicanos, de la elite de negocios y de líderes de otros países: “¿Qué Trump hizo qué?” Pobre Reince Priebus ha alcanzado el pináculo del poder, y eso no puede ser gracioso.

Una cosa es vivir tu propia realidad cuando eres candidato porque son sólo palabras Tú puedes hacer tonta a bastante gente el tiempo necesario para ser elegido, pero cuando tratas de gobernar de esa manera hay una realidad para la realidad, y la realidad empuja para atrás.

Una por una, Trump ha decretado órdenes impulsivas, sin ser revisadas legalmente, y sin haber sido planeadas con seriedad. Casi inmediatamente es forzado a dar reversa, por una combinación de presión política y legal –y por la realidad.

A diferencia de los varios dictadores que Trump admira, la compleja madeja de controles jurídicos y políticos constitucionales contra la tiranía en los Estados Unidos se mantiene. Mínimamente, pero se mantiene. Y mientras Trump continúa su temerario comportamiento, más fuertes serán los controles.

Solo con su esfuerzo lunático de seleccionar refugiados para prohibirles la entrada a Estados Unidos, (pero no de países como Saudi Arabia o Egipto donde sí envían terroristas y Trump tiene negocios) descubrió que el sistema americano tiene cortes. Tiene cortes, ¡imagínense eso!

Entre más se descompone, menos y menos jueces conservadores van a hacer sus paleros para políticas republicanas ordinarias, algo a lo que han estado demasiado acostumbrados. ¿Alguien quiere apostar que la Suprema Corte se convertirá en la prostituta de Trump?

En la semana pasada, republicanos desde Mitch McConnell y hacia abajo han estado tropezándose uno con otro, rechazando su punto de vista sobre Putin. Y han ridiculizado su absurdo reclamo de que hubo un gran fraude electoral.

Están intentando cubrir cómo eliminar el ObamaCare sin matar pacientes o las esperanzas de una reelección. Esto es actualmente complicado y ese matiz no es el traje fuerte de Trump. El republicano Tom McClintock (California) habló por muchos cuando advirtió:

“Más vale que estemos seguros de estar preparados para vivir en el mercado que hemos creado” con derogación, dijo Tom McClintock.

“Lo que será llamado TrumpCare los republicanos seremos los únicos responsables y seremos juzgados en las elecciones a menos de dos años”.

La senadora Lindsey Graham se burló de los locos hábitos tuiteros de Trump mandando un tuit sobre la guerra de comercio con México “mucho sad”.

Los colaboradores más cercanos de Trump lo han tenido que jalar de su ridícula cruzada contra México y los mexicanos, donde Trump fuerza a cancelar una visita oficial al presidente mexicano y al día siguiente se la pasan una hora besándose.

Trump propuso reinstalar la tortura, pero los líderes republicanos clave mataron esa idea. El senador John Thune (South Dakota), tercer rango en las filas republicanas, dijo el miércoles que una prohibición sobre la tortura era una ley ya fija y los republicanos en el Congreso nos opondríamos a cualquier restauración de esa ley.

El propio secretario de Defensa de Trump mantiene la misma posición. Después de fanfarronear su nueva política de tortura, Trump dócilmente accedió a apegarse a sus asesores de defensa.

¡Todo esto en una semana! Y para acabarla, ahora con jueces federales encima jalándole las riendas.

Hace dos semanas en este espacio basándome en lo que había visto de la transición escribí un artículo llamado Panel de ciudadanos para la impugnación de Trump como una sombra del Comité Judicial de la Cámara para armar un dossier para la destitución de Trump y una campaña ciudadana para crear un movimiento público.

En estas dos últimas semanas, el movimiento Free Speech for People ha lanzado una campaña para la impugnación de Trump y lleva 400 mil firmas en la petición.

El grupo bipartidista Citizen for Responsability and Ethics in Washington (CREW) ha estado conduciendo una detallada investigación. Académicos de primer nivel asociados con CREW han interpuesto un detallado documento legal en su demanda registrando las diferentes maneras en que Trump viola la Emoluments Clause, cláusula que prohíbe a un presidente de hacer ganancias por las acciones de otros países.

Ya hay bastantes hechos y evidencias para una destitución, incluyendo el hecho de que Trump pone sus propios negocios antes que los del país y su extraña y oportunista alianza con Putin, ya en el filo de la traición.

Una menos conocida ley que va más allá de la Emoluments Clause es la Stock Act de 2012, que explícitamente prohíbe al presidente y a otros oficiales de hacer ganancias sin conocimiento público.

La impugnación presidencial por supuesto es un proceso político y legal. Los fundadores lo diseñaron de esta manera a propósito. Pero después de una semana en el poder, no sólo Trump ha abandonado la Constitución, también sus partidarios lo abandonan a él.

A pesar de su rareza espeluznante, los republicanos creyeron al principio que iban poder usar a Trump para sus propios fines. Pero después de demostrar favoritismo para con Putin o empezar una guerra general de economía, eso no es republicano. Uno sólo puede imaginarse las alarmas y horrores que están siendo expresadas por los republicanos de manera privada.

En 1984, el psiquiatra Otto Kernberg describió una enfermedad conocida como “narcisismo maligno”. A diferencia del narcisismo ordinario, el narcisismo maligno es una severa patología. Y fue caracterizado por la ausencia de consciencia, una grandiosidad patológica, búsqueda de poder, y un disfrute sádico de la crueldad. Dado el tamaño a la república así como a los republicanos, la destitución de Trump sucederá. La única pregunta es ¿qué tan grande será la catástrofe que Estados Unidos enfrentará primero?

*El autor es cofundador y coeditor de The American Prospect

Artículo origina en inglés: The inevitability of impeachment

Traducción: Rolando Cervantes/Los Ángeles Press

 

 

Deja un comentario