Holanda, ejemplo de gobierno de coalición

10 de octubre del 2017

Con voz propia

El primer ministro saliente de Holanda, Mark Rutte, del partido liberal VVD, habla con la prensa el 10 de octubre de 2017 en La Haya. Foto: AFP

Dianeth Pérez Arreola

¿Se imaginan que hubiera elecciones en México y que el nuevo gobierno se tardara siete meses en empezar a trabajar? Pues eso mismo pasó en Holanda.

Después de 208 días, los cuatro partidos existentes formaron una coalición por fin, y han logrado ponerse de acuerdo en las líneas principales de gobierno.  Antes hubo que invertir tiempo en decidir cuántos y cuáles partidos integrarían dicha coalición. Ahora solo faltan cuestiones de protocolo y finalmente podrá empezar la nueva administración.

Es como si se juntaran los tres partidos más votados de México, PRI, PAN y PRD y del partido ganador saliera el presidente y todas las secretarías fueran repartidas entre los tres partidos.

¿Se imaginan la pelea por Finanzas, Gobernación y Relaciones Exteriores? Ya hemos tenido una probada en México, con José Antonio Meade sirviendo en diversas secretarías con el panista Felipe Calderón en la presidencia, y ahora con el priísta Enrique Peña Nieto, quien también acogió a la perredista Rosario Robles, primero en Sedesol, y ahora en la Sedatu.

Mientras los líderes de los partidos políticos que forman la coalición en Holanda se ponían de acuerdo sobre refugiados, salarios, salud, pensiones, impuestos y otros temas, los funcionarios del anterior gabinete seguían haciendo su trabajo, y más que retroceder o estancarse, los indicadores económicos estuvieron muy bien. En México, cambian a un secretario de Estado e impacta en los indicadores, y aquí casi siete meses sin gobierno y no pasa nada.

Es un buen ejercicio democrático forzar a los partidos a trabajar juntos; es también una forma de control para que nadie tome decisiones unilaterales, pues estas coaliciones fuerzan una discusión a conciencia antes de decidir cualquier cosa. Nadie tiene facultades para poner o quitar a una persona de tal puesto, o reducir o aumentar presupuestos, todo se hace en consenso.

Las votaciones son un proceso interesante. Las campañas holandesas son de las más baratas de Europa. Los debates de radio y televisión son auspiciados por las empresas de telecomunicaciones, quienes en época electoral no funcionan como cajas registradoras, tal como es el caso de México. Los posters de los candidatos son puestos en espectaculares especiales y temporales en todas las ciudades del país.

No existe la credencial de elector. A cada quien le llega una “invitación a votar” a su casa. Aunque alguien tenga 20 residencias, sólo una es su domicilio principal, así que no es posible tener invitaciones duplicadas.

Uno puede ir a votar a cualquier casilla del país. Los funcionarios piden una identificación oficial para comprobar la identidad de los votantes y se quedan con la “invitación”, así que no es posible tampoco sufragar en dos sitios diferentes. Las urnas son enormes recipientes parecidos a los botes de basuras residenciales, y lo más sorprendente es que son negros o grises, nada que ver con las urnas transparentes de México.

Curiosas diferencias administrativas, políticas, organizativas y electorales que habría que tomar en cuenta, pues los holandeses nos demuestran que para la eficiencia no son necesarios presupuestos multimillonarios. Para la democracia, tampoco.

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