En el corazón de la apachería: Una larga fila de flechas

12 de octubre del 2012

Arteleaks

Imagen anónima de la red

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Uno

Capítulo Dos

  Crónica Capítulo Tres

 En los tiempos de La Apachería aún no existía lo que hoy es la ciudad de Nuevo Casas Grandes, entonces solo había un poblado llamado Casas Grandes, al que hoy los lugareños llaman El Pueblo, para diferenciarlo de la joven y gran ciudad que domina la región del corazón de La Apachería.

Pues a El Pueblo fuimos a presentar el libro El Otro lado de la luna. Un lugar con historia. Ahí se encuentran las ruinas de la gran ciudad prehispánica de Paquimé.

Anazasis, apaches, paquimeítas, chichimecas, poblaron esta región mucho antes de que la cultura que llegó del occidente viniera a destruir a estas grandes culturas americanas. Hoy tenemos que escarbar mucho en la tierra de nuestros ancestros para tratar de reconstruir el pasado de estos lugares, nuestro pasado.

A eso íbamos a El Pueblo, a tratar de reconstruir nuestro pasado. El pasado de todos los chihuahuenses y de mucha, mucha otra gente, la que aún tiene sangre rebelde. Los de sangre mansa (o mensa) todavía celebran el descubrimiento de América, (perdón por la ofensa, pero es cierto) y algunos genuflexos todavía llaman a España, la Madre Patria.

La comitiva era enorme: Miguel Méndez, Carlos Chávez y un servidor. Era enorme, ya verán por qué.

Pues resulta que llegamos al lugar donde se haría la presentación del libro y, no lo van ustedes a creer, pero no había nadie. Ni un alma. Cero multiplicado por cero. Unas cinco sillas desordenadas y un estrado que parecía no haber sido usado en años nos recibieron con total parsimonia.

No había indios, pensé; mejor, menos flechas.

Las heridas de la tarde anterior aún dolían, ya no quería más pedernales expansivos alojados en mi cuerpo. Traté de convencer a Miguel y Carlos que en ese momento suspendiéramos el evento, pero los desgraciados apaches modernos son peor de aferrados que los antiguos. Enfrente había una plaza, dos puestos de artesanías adornaban el lugar, uno de ellos era de huicholes de trajes coloridos.

-Bueno, en vista del éxito obtenido, podemos ir en paz, a platicar con una buena botella de sotol, ya saben que el sotol saca cosas que el hombre calla-, dije en voz alta y clara.

-No, no, no, no. Esperen-, dijo Miguel y, volteando a ver a Carlos, con una sonrisa siniestra, expresó con ánimos de apache aferrado, -¿Vamos a invitar a la gente que está en los puestos y dando vuelta a la plaza?

-Vamos-, secundó Carlos.

-Hijosdesú, ¿serán capaces?-, pensé mientras decía, -Yo aquí los espero, mientras voy a ver si consigo unos tabacos-, lo dije escéptico e incrédulo, que es lo mismo.

El público forzado sería un seguro fracaso.

-Están locos si piensan que la gente que hay en la plaza iría a escuchar nuestros discursos apachosos-. Y me fui.

Al regresar, de pronto empezó a entrar gente al salón. En una docena de minutos se aglomeraron casi 30 parroquianos curiosos que, con cara adusta, buscaban un lugar donde sentarse. Se hizo un pequeño caos silleril, pero Carlos, que no había regresado después de recorrer la plaza, llegó sorpresivamente con una trocada de sillas de Coca Cola. O de Carta Blanca, no sé.

Asustado por la sorpresiva acción de mis dos superamigos (ni Supermán era capaz de tales acciones), solo atiné a pensar, -Estos si son apaches, yo solo era una copia fotostática-, pensando que tal vez hubieran frotado la lámpara maravillosa de Aladino para aparecer a tanta gente en un tris. No lograba explicarme la situación de otra manera.

Miguel, aún sudoroso, satisfecho del deber cumplido, como dice el Subcomandante Marcos, inició la presentación. Expuso su magnífica ponencia y después invitó a la gente a leer el libro, la animaba a conocer la historia de estas tierras, a recuperar nuestra memoria indígena. Ahí fue donde comprendí que Miguel, y Carlos, eran el motor de aquel movimiento neoapachista en El Corazón de la Apachería, el núcleo que había mantenido unida a la palabra apache y logrado grandes avances en la recuperación de la memoria indígena. Los admiré. Me olvidé del público y, atento, escuché sus sabias e indias palabras, dispuesto a aprender más. Nunca había visto que un gerente de un banco tuviera esas capacidades culturales. Raro. (Los leedores de ésta crónica debieran mandarle una felicitación, a él y a Carlos, por medio de Facebook, en el lugar donde se publicará este artículo, de no haber sido por ellos solo hubiese sostenido una larga conversación con una buena botella de sotol y, por supuesto, me habría evitado una lluvia de flechazos y este tercer capítulo hubiera sido chiquitito, como una pulguita. ¿O no?).

Imagen del perfil de FB The Nedni Apache Project

Contagiado por su espíritu de guerrero, le hice segunda y empecé hablando de la llegada de los apaches a estas tierras, “…Hace alrededor de mil años los apaches llegaron al área que después sería transformada geopolíticamente en El Septentrión Novohispano, que eran conocidos como Atapascanos del Sur, que por evidencias lingüísticas se sabía esto, pero que hacía más de 500 años se separaron de los navajos. Que después se habían dividido en varios tipos de apaches, en dos grupos: Apaches del Este y Apaches del Oeste.

Que estos últimos vivían al este del Río Grande y su cultura se basaba en la caza del búfalo. Eran los jicarillas, los mescaleros, los lipanes y los kiowa-apaches. Que los Apaches del Oeste estaban al oeste del Río Grande. Que eran los chiricahuas, los chihenne, los bedonkohes, los chokonen, los nedni, los sierra blanca, los coyoteros, los tonto-apaches, los yavapais, los san carlos, etc.

Que muchos historiadores habían englobado a los cinco primeros genéricamente como chiricahuas. Que los chihennes, los de Vitorio, eran también conocidos como mimbreños o warm springs. Que los bedonkohes eran los antiguos gileños, los de Gerónimo, que los nedni eran los de Ju, los que tenían su último refugio en un lugar inhóspito entre Madera y Casas Grandes, que los sierra blanca eran ahora conocidos como white mountains, que los chiricahuas solo eran dos bandas, la de Cochise y la del jefe Chihuahua, que Naiché, hijo de Cochise, había quedado como jefe a la muerte de su hermano Taza, pero que estaba muy joven y se apoyaba en Gerónimo tal como Vitorio recurría al sabio consejo del viejo Nana y muchas cosas más”.

También me esforcé por explicar que “los apaches eran seminómadas, que era difícil ubicarlos en un lugar determinado. Que no solo era difícil, sino un error decir que vivían en un solo lugar. Los apaches seguían rutas nomádicas desde el norte de Arizona hasta el norte de Durango, pasando por Sonora y hasta por Tamaulipas. Que ya en la etapa final de la guerra cuando su territorio había sido fuertemente constreñido a unas cuantas sierras inhóspitas, iban a sus sitios predilectos, o se rendían ahí, cansados de luchar y cargar con niños y mujeres a donde quiera que fueran, con el temor perpetuo a los ataques sorpresivos de los blancos que los perseguían como fieras para arrancar sus valiosas cabelleras”.

Fui claro al afirmar que viajaban siguiendo la maduración de las frutas y la recuperación de la caza. Que en esas rutas escondían provisiones, cobijas, armas para cuando volvieran a pasar por ahí. Que recolectaban alimentos para todo un año.

Apache quiere decir enemigo, aclaré, ellos se llamaban y se llaman a sí mismos Indeh, Ndee.

Ndee, la gente; Ndee, el pueblo.

Hablé de su organización social, claro, un antropólogo fracasado tiene siempre que hablar de la organización social de la gente que estudia. De sus costumbres, su sistema jurídico, sus normas, hasta de sus reglas sexuales y de su número mágico, el cuatro.

Luego de una larga explicación de las causas de la guerra contra los españoles, los que, abusones, llegaban de muy lejos diciéndose dueños de todas las tierras indias (hay que recordar que los indios en general no tenían el concepto de la propiedad privada y, por lo tanto, la compartían con otros humanos) y que muy orondos y barbones, los españoles, claro, ponían una cruz, leían un pergamino y empezaban a construir y escarbar en la madre tierra, sin ningún respeto, luego empezaron a tomarlos presos para llevarlos como esclavos a las minas del sur y a mutilar a los rebeldes. Oñate usaba cortar una pierna de los renegados que no iban a misa los domingos.

Dejé suficientemente claro que ésta fue la causa de la guerra. Se mencionó el corte de cabelleras y una larga explicación de que, quien inició la práctica de la mutilación de los cuerpos fueron los españoles quienes, al parecer, habían adquirido esa misma práctica de los bárbaros que atacaban a España en aquellos bárbaros tiempos. Que a los apaches su cultura no les permitía la mutilación de los cuerpos.

Y hablé de cuando los mexicanos se sacaron la rifa del tigre y se apropiaron de La Apachería, Kirker, Glanton, Johnson y Joaquín Terrazas fueron descubiertos como los amos del escalpe, en el periodo de la guerra contra los mexicanos, y después se habló de como los generales del ejército norteamericano, Crook y Miles, los persiguieron como presas de caza, como animales, después de que en 1848 los estadunidenses se quedaron con la parte norte de La Apachería.

Varios detalles más se vieron, aparte de los huicholes de la primera fila que adornaban aquel momento indio; se hizo una férrea defensa de Gerónimo, el más denostado de todos los apaches y se explicó de como algunos sobrevivientes de la guerra, cuando eran viejos, se decidieron a escribir o dictar sus memorias y de que el libro estaba basado en esas memorias, en la versión de los vencidos, y que por eso se llamaba El otro lado de la luna y, al final, una serie de preguntas inició.

Y ahí fue donde “la puerca torció el rabo”. Estoy seguro que si les platico lo que sucedió, lloran. Bueno, saquen los Kleenex y escuchen lo que entonces sucedió. No se vale reírse.

Primero las preguntas fueron suavecitas, preguntas de historia, de duda, de detalles, de si Vitorio era mexicano, que si Ju murió en el Río Casas Grandes o en el Río Aros, luego unas preguntas sobre la cultura apache y… cuando parecía no haber más, un singular personaje levantó su manita. Esa manita era de Ernesto Beall, después me enteraría, uno de los historiadores más completos que he conocido sobre historia apache, junto con Nelda Whetten creo que difícilmente alguien en todo México podrá saber lo que estos dos archivos vivientes saben.

Y sí, todo iba bien hasta que levantó la manita Neto Beall. (Ahora lo veo en mis pesadillas como que no levantaba la manita, sino que la alzaba para extraer una flecha del carcaj de su archivo mental, para tirármela derechito al meritito corazón, así lo sentí). Primero me aclaró, fíjense, y aquí es donde está la clave del asunto, el veneno de la flecha; me aclaró que Johnson no se llamaba como yo decía. Johnson, el de la masacre donde asesinó a su amigo, el jefe Juan José Compá. Ese. ¿John o James?, el caso es que puso en evidencia que yo no recordaba el nombre real de Johnson.

Si una noche anterior Nelda Whetten me había mandado al segundo lugar de los historiadores apachosos, esta vez, Neto Beall me estaba mandando hasta el tercer lugar. Bronce. Mi ego se derrumbó como se derrumban las estatuas de los dictadores. La flecha fue mortal.

Pero vendría una segunda flecha. Esta vez fue ooootra aclaración, el dueño de la manita levantada dijo que el alambre de púas no se había aún inventado cuando yo afirmaba que con cercos fueron cortadas las rutas nomádicas de los apaches. ¡¡¡Poingggggg¡¡¡, se escuchó como gong japonés. No era todo, Neto volvió a sacar otra flecha de su carcaj mágico y me remató. Me aclaró que la masacre de la gente del jefe Juan José se sucedió cuando aún no se había inventado la ametralladora. Yo decía en mi libro que esa masacre se había cometido con un arma giratoria. ¡Purrúncatelas!, nomás se oyó dentro de mi cabeza. Ya no veía lo duro.

Con la cola entre las patas solo atinaba a aclarar que la versión manejada en el libro era la versión de Donald E. Worcester de su libro The apaches, eagles of the Southwest, pero que había otra versión que no había incluido, la de John C. Cremony, de su libro Life among the apaches, en donde éste decía que el asesinato masivo se había cometido con un cañón al que se cargó con clavos y hasta con vidrios. Era demasiado tarde, mi ignorancia había quedado develada. Hasta el tercer lugar de los historiadores apachosos me tuve que ir. Sin llorar. También la medalla de plata se me acababa de escapar. Bronce, ni modo. Y quien sabe.

Luego vendría el derrape mortal. Un amigo de Janos cuestionó el fundamentalismo con el que defendía a los apaches y atacaba a los mexicanos. Y empecé a patinar en la arena. Lancé una larga perorata para explicar mi pasado ideológico y justificar mi fundamentalismo, hablé de mis 12 años de estudios de marxismo-leninismo y mi militancia en una organización de corte comunista en mi época estudiantil. Que por eso era un renegado, que Marx y Engels tenían la culpa. Y no paré ahí, me atreví a cuestionar la política indígena del gobierno y me fui con todo contra nuestro querido gobernador de Chihuahua diciendo que ante la recién descubierta hambruna ancestral de los tarahumaras, el gober solo atinaba a fingir que atendía el problema llevando unas cuantas pinchurrientas despensas, para simular que se daba atención al problema indígena actual en Chihuahua. Enseñé el cobre, pues.

La respuesta no tardó en llegar, se me pidió mesura, se me aclaraba que no todos pensaban igual. Un tremendo coscorrón sentí en mi cráneo de neandertal también, con aquella respuesta de guante blanco. El que se emociona pierde, repetí varias veces. No lo volveré a hacer. El comunismo trasnochado de mi juventud hizo estragos con mi tolerancia infinita de cura católico.

Afortunadamente hubo una tertulia al finalizar el evento, nos fuimos a Nuevo Casas Grandes y ahí entablamos una tremenda conversación, Neto Beall y un servidor. Ahondamos con profundidad los temas tratados y corroboré que el legado histórico de Neto Beall era inmenso. Su bibliografía cerebral era tres veces mayor que la que usé para el libro, no me quedó otra opción más que reconocer mi enanismo. Quedamos amigos y dispuestos a unir esfuerzos para fortalecer el rescate de la memoria indígena, en lo que a apaches se refiere.

Esa noche no dormí, lo que hice fue pensar. Yo que me creía, el rey de todo el mundo, comprendí que debía considerar todas esas flechas para la segunda edición de El otro lado de la luna. Ah, y no criticar al gobernador de manera tan directa, ya ven como es de enojón.

Le preguntaba a Neto que por que no escribía lo que sabía. Dijo que no, que tendría que hacerlo en inglés, que en español no se lograba expresar como quería. ¿Entonces si no escribe para que sabe tanto?, le pregunté. -Para poner en aprietos a los historiadores que vienen a darnos conferencias-, contestó riendo.

O sea que si era un flechador, yo no lo imaginé.

Sin esperarlo, mi libro había sido modificado por conocimientos que no conocía. La segunda será una mejor edición gracias a los flechazos de Neto Beall y Nelda Whetten.

-Y si la segunda edición-, dijo Carlos Chávez, -también sale con la letra tan minúscula como en la primera, habrá que pegar una lupa en la contraportada de cada libro, aunque sea con cinta Scotch.

La noche triste de Hernán Cortés fue una lagrimita frente a la noche que pasé.

Vinicio Chaparro.

Enviado especial de Proyecto Nedni.

 

, , , , , , , , , , ,

No comments yet.

Leave a Reply