El triunfo de Trump, oportunidad para México

El triunfo de Trump. Foto: red
El triunfo de Trump. Foto: red

Raúl Ramírez Baena*

Desde luego, no estamos pensando que de concretarse las promesas de campaña de Donald Trump, una vez que tome las riendas de los EUA, éstas beneficiarán a nuestro país. Al contrario, representan un grave peligro para nuestra Soberanía. La amenaza es real.

Primero, debemos entender que la exitosa campaña antisistema de Trump puede ser el principio del fin del neoliberalismo global, salvaje, para acceder a otro proyecto capitalista igual o peor de letal. Podemos ser testigos del inicio de un nuevo orden económico mundial bajo un chovinismo que busque regresar a la Unión Americana los capitales fugados a los países de la periferia, que hoy ofrecen a las trasnacionales mediante gobiernos corruptos y leyes laxas que incluso atentan contra la biodiversidad, mano de obra barata y facilidades fiscales y de infraestructura. En contraparte, con sus promesas, Trump buscará restituir trabajos bien pagados a la poderosa clase media norteamericana, que por eso votó por él.

El triunfo de Trump (bajo en un cuestionado sistema electoral) fue precedido del triunfo del “Brexit”, la salida de Inglaterra de la Unión Europea vía referéndum. Fue el primer aviso que el Partido Demócrata, los Clinton y el capital financiero internacional que representan (Wall Street, FMI, BM, trasnacionales) no supieron leer.

A la clase trabajadora estadounidense no le importó el discurso xenofóbico, racista, misógino, antimexicano y antimusulmán del magnate. Incluso y a pesar de ello, amplios sectores de inmigrantes mexicanos, afroamericanos y mujeres votaron por Trump, porque ven amenazados sus ingresos por los trabajadores indocumentados, que venden más barata su mano de obra, y porque la pobreza y el desempleo en el vecino país del norte también están creciendo como efecto de la salida de capitales hacia países como México. Por ejemplo, la antes capital mundial del automóvil, Detroit, sufre hoy una de las mayores depresiones económicas de su historia, no así la industria automotriz norteamericana que fabrica en los países pobres.

De ahí la promesa de Donald de completar el muro a lo largo de la frontera común (que puede ser un muro virtual mediante el uso de alta tecnología), de deportar a, por lo menos, 3 millones de indocumentados, de los cuales la gran mayoría son mexicanos, de retener las remesas de los inmigrantes hacia los países pobres y de finalizar el TLCN entre Canadá, EUA y México, propuesta esta última que aterroriza al capital trasnacional y a sus socios en el gobierno mexicano, que le apostaron todo a Hilary para continuar con sus boyantes negocios.

Es obvio que México no está preparado para recibir a más de dos millones de mexicanos –además de los deportados cotidianos–, ofrecerles trabajo, vivienda, salud, educación, seguridad social y servicios públicos suficientes. Si estos derechos no son amparados para quienes vivimos y trabajamos aquí, menos para los que lleguen de fuera.

Es lógico que las deportaciones masivas afectarán a la principal fuente de divisas en el país: las remesas de mexicanos, que es una forma de subsidio a la pobreza. Es preocupante, también, que, si regresan los capitales norteamericanos a los EUA, se ahondará el desempleo y el subempleo en el país y, con ello, se agudizarán la desigualdad, las adicciones, la inseguridad y el crimen.

Recuperar la Soberanía nacional

Ante este negro panorama, un proyecto de nación sería resistir ante la salida de capitales extranjeros, la deportación masiva de connacionales y la reducción de remesas –aunado a la baja en los precios del petróleo–, mediante una especie de “período extraordinario” a lo mexicano que mire hacia el Sur, no hacia el Norte; que contemple arrancar un proyecto que fortalezca el mercado interno (agropecuario, industrial, comercial y de servicios), que combata a los monopolios, que recupere la soberanía energética, bancaria, financiera, alimentaria y el poder adquisitivo del salario; que mejore la calidad y cobertura educativa, invierta en investigación científica y tecnológica y, en general, nos sacuda de las “Reformas Estructurales” neoliberales impuestas para favorecer al gran capital y al grupo político en el poder.

Este proyecto de nación debe acompañarse de un vigoroso programa de combate y castigo a la corrupción, de democratizar y desmilitarizar la seguridad pública, de frenar las violaciones a los derechos humanos, de reconstruir el aparato de justicia, de una efectiva austeridad para acabar con las abusivas prebendas y gastos de la alta burocracia y de democratizar y abaratar los procesos electorales. Todo ello, mediante una fuerte participación ciudadana, un proyecto de abajo hacia arriba, no impuesto desde las cúpulas.

Para hacer efectivo un proyecto de esta magnitud, que aproveche la coyuntura a raíz del triunfo de Trump, México requiere de un estadista, de un patriota que dirija los destinos de la nación. En el escenario actual y cuando se consolide el proyecto Trump, en mi opinión, no se ve en el futuro inmediato para el 2018 un liderazgo de consenso nacional que nos salve de la crisis que se nos viene encima.

Hoy, sectores nacionalistas, progresistas, de centro y de izquierda, incluso viejos militantes, han planteado la necesidad de un proyecto de Reconstrucción Nacional; otros, de una nueva Constitución, unos más, de una mujer candidata indígena.

Todas las alternativas democratizadoras e independientes deben ser bienvenidas porque, de concretarse nuevamente en México una presidencia impuesta y negociada en las cúpulas del poder político y financiero, que Dios nos guarde confesados.

 

*El autor es director de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste

 

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