"El estrujante e impactante relato de Rosa López Díaz", presa en Chiapas por un delito que no cometió

21 de Marzo del 2012

Arteleaks, La red en lucha

Crónica de un viaje al epicentro de la tierra

(Un estudio profundo del inconmensurable fenómeno del zapatismo)

 

Foto: América Profunda

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Dieciséis

Pues creo que la crónica hasta el quinto capítulo ha sido de mucho ji, ji, ji y mucho jo, jo, jo, y mucho ja, ja, ja, pero ha llegado el momento de volver a la realidad del país y de la guerra antizapatista y preparar nuestras más amargas lágrimas y nuestra más profunda indignación por uno de los peores casos de injusticia que hayan pasado en Chiapas después de Acteal. Algún día Calderón y Sabines enfrentarán un juicio que los hará enfermarse gravemente de raras enfermedades como a Pinochet, Fujimori y Mubarak, juntos (ya vieron como estos terribles e inhumanos dictadores echaron a llorar y se enfermaron gravemente cuando enfrentaron la justicia, “Lele pancha”, nomás les faltó decir).

Pues sí, se acabó el ji, ji, ji, el ja, ja, ja y el jo, jo, jo.

Volvamos por un momento al México real.

Es conveniente aclarar primero que éste capítulo iba a ser el 16 ó el 18, pero debido a la lucha que se emprende a nivel mundial por la liberación de Rosa López, se tuvo que adelantar su publicación. Es indispensable exponer este asunto ante todos los divisionnortistas de corazón y seres afines, sólo para hacerlos reflexionar un poco sobre el fenómeno zapatista, que es el tema de esta crónica. “Ya chole con Chomsky y con los Charlies”, me advierten, ya nadie me cree que en realidad ande yo en Chiapas, los mensajes en Facebook dicen que me deje de rodeos y vuelva al tema que nos ocupaba al inicio.

Entonces, favor de abrocharse los cinturones y… se recomienda, antes de empezar la lectura, un trago de agua para enjuagar un poco la boca. Si tienen a su alcance una pastilla antiespumante (de ésas que le daban a Hulk cuando se ponía verde), les podrá ser de utilidad.

Romperemos un poco la secuencia de la crónica, porque se supone que yo todavía estoy en La Garrucha. Pero es conveniente hacer un viaje al futuro para atender esta contingencia. Ya después regresaremos a La Garrucha. Sale:

Después de los primero quince capítulos, cuando ya había regresado a Saint Christopher of the Chantes, capital del Reino Coleto, una mañana irrumpió en mi cuarto un ser extraño e italiano, con rastas al más puro estilo de Bob Marley, con el cepillo dentro de su boca, emitiendo sonidos extraños e incomprensibles para una terrible mañana de dura resaca. “Mjsnrinsoirnsuriieruyhouvenig”, escuchaba. Mi cabeza giró al más puro estilo de aquella película de El Exorcista, me incorporé a duras penas y le arrebaté el cepillo y al fin pudo decir claramente: Va a haber un viaje al penal donde están los presos zapatistas, ¿quieres venir? Así dijo. Era tan hermosa que a pesar de no haber pasado por la regadera, me confundió su pregunta. ¿Venir? ¿A dónde? ¿Cómo?, alcancé a articular, mientras recordaba todo El Kamasutra. Era muy guapa a pesar de su estilo hippie (o a la mejor por eso). Le veía sus chispeantes ojos azules pero me percaté que no existía ninguna connotación sexual en su amplia sonrisa. Pura amistad. Aquella hija rebelde de Berlusconi parecía nunca cansarse; apenas habíamos regresado de Oventik y ya me jalaba otra vez la correa.

–Simón –, le contesté más puesto que un calcetín.

–No lleves ropa azul subido, ni anaranjada, ni negra, ordenó, con su peculiar estilo de diosa romana. No es permitido entrar con esos colores, por reglas de seguridad de la prisión.

Mi única chamarra era de color azul subido así que oteé el horizonte y me enfundé en una pequeña chambrita infantil de color blanco pastel. Craso error. Pero fue lo único que encontré a la mano, porque ella ya arrancaba (pobre Corin Tellado si supiera que le estoy fusilando sus textos).

Y ahí vamos, era un remolino de actividad y caminaba aprisa. Me sentía como Jean Paul Belmondo persiguiendo, en una película de acción, a Ornela Muti o a Angelina Jolie, (la esposa de Sarkosy ya no me atraía desde que tuvo un Sarkosito). Zigzagueando peligrosamente en las angostitas banquetitas de Sancris logramos llegar al lugar donde tomaríamos una combi.

Foto: austitici.org

En el camino se encargó de explicarme que los zapatistas presos habían hecho una organización para luchar por mejores condiciones de vida y por su liberación. Que cada cinco de enero se juntaban y conmemoraban la formación de aquella pequeña organización de presos políticos cuyo lema era ¡Presos políticos, libertad! Y que se llamaba La Voz del Amate. Comprendí por qué en Italia había tantos grupos de apoyo al zapatismo. Era periodista y atendía cada manifestación del movimiento para informar a sus congéneres e hijos de Antonio Gramsci. El novato era yo.

Llegamos al penal número cinco, carretera a Ocosingo. El aire empezó a enfriar. Esperamos una eternidad, de pronto alguien me hizo el encargado plenipotenciario de dos enormes bolsas con cincuenta olorosos tamales cada una. ¡Hummm! Mi ética me impidió aprovechar el encargo. Entramos, nos recibió un sonriente chaparrito que nos daba la bienvenida a cada rato. Juan Collazo. Nos llevó a un tejabán. Empezaron a colocar unas bocinas y entonces hubo muchas palabras de bienvenida y la rifa de una hamaca se estimuló con devoción. Yo tenía el 67.

Nos juntamos alrededor de ellos, los sonrientes presos políticos, más de 100 personas, todos los amatenses nos saludaban con tremendos abrazotes de oso, nos querían levantar en vilo. ¡Chihuahua!, me decían luego. Saludos a todos los compas de allá. Hasta que me cansé de tantos chihuahuas. Sigilosamente me acomodé lo más cercano a las bolsas que custodiaba. Temía que se enfriaran y dejaran de emitir aquél peligroso humo tóxico que exaltaba mi sentido del olfato.

Y empezó la pachanga. Porque era una pachanga ¡adentro del penal! ¿Se imaginan?

Entonces se hizo una lista de participantes, mientras la rifa de la hamaca avanzaba lenta. Y hubo discursos donde nos explicaron toda la lucha de La Voz del Amate, el traslado de su líder, Alberto Patishtán, a un penal de Sonora para castigarlo por haberse atrevido a formar ese grupo y por organizar una huelga de hambre.

La garganta era aclarada a cada rato por los participantes de mi alrededor. Luego hizo su entrada triunfal el ánimo, al ritmo de El Olmeca, un agradable y platiador californiano hiphopero e irreverente que puso a todos los prisioneros que se agolpaban para apreciar el evento, a aplaudir a ritmo de hip hop. –Pin.. Olmeca, es un encanto–, decía Caro, una amiga vasca; del País Vasco, no de España, presumía.

Luego los charangos de hermosas y greñudas trovadoras deleitaron al público prisionero, como sólo una vez al año. Los aplausos y el ánimo corrían a borbotones. Los tamales se enfriaban peligrosamente. Un italiano, chapito, fortachón y fan del club de fútbol Roma, encabezaba las consignas con fuerte voz que era seguida por muchas otras, nomás retumbaban los muros de la prisión ¡Presos políticos, libertad!, lo admiré a pesar de que le iba al Roma. Era el día más feliz del año para cientos de prisioneros videntes. Pero llegó el momento en que los presos políticos empezaron a contar sus testimonios. La sangre se agolpó en el cerebro de los visitantes y por un rato se nos olvidó la rifa de la hamaca.

Rosa López Díaz

Y fue entonces que la vi. Delgada, morena, frágil, su cara sonriente pero con un rictus de dolor, de injusticia, pintado en sus ojos. Me impactó. Empezó a hablar; primero, con voz débil, el ingeniero de sonido le subió dos rayitas al aparato, y nos contó todo, (Rosa, no el ingeniero): cómo había sido apresada por un crimen que nunca cometió, cómo tuvo que confesar su supuesto crimen cuando sus captores pretendían violarla. ¡Estoy embarazada!, gritaba.

Que aceptó el crimen que se le imputaba para evitar semejante acto de barbarie. Que su hijo, por efecto de los golpes nació con severas secuelas que lo incapacitaron de por vida. Que cuando hicieron la huelga de hambre para exigir mejores condiciones de vida en la prisión, se lo quitaron y de pronto le informaron que su hijo había muerto, por negligencia médica. Echó a llorar, se secó mi garganta, me volteé y me alejé un poco del lugar, para no mostrar mis lágrimas de dolor. ¡Ahí donde haya una injusticia…!, recordaba las palabras del Ché. Claritas.

El sol era fuerte pero algunas nubes lo tapaban de pronto y el frío hacía estragos con mi epidermis. Jalaba mi chambrita para tapar un poco mi piel de gallina. Rosa me había dejado impactado. Quisiera dejar el relato para publicar algo tomado de un sitio de Internet que lucha por la liberación de Rosa López, e incitar a los mexicanos sensibles a la tortura humana, a firmar la carta de ese sitio para pedir la liberación de aquella rosa, que el régimen represivo mexicano ha pretendido deshojar.

Saquen el paño o los Kleenex y sacudan vigorosamente las narices, antes de empezar.

El siguiente es un texto tomado del muro de Bertha Gutiérrez (Birdie). Consúltenlo, se lo recomiendo.

Rosa López Díaz es una mujer indígena (tzotzil), nacida el 2 de diciembre de 1978, presa en Chiapas, México, desde el 10 de mayo del 2007 por un delito de secuestro que jamás cometió. Se le detiene junto con su compañero Alfredo López, y durante las primeras horas se le somete a tortura sexual y a otros tipos de tortura con el fin de arrancarle la autoinculpación. Rosa enfrenta una sentencia de 27 años y 6 meses en la cárcel nº5 de San Cristóbal de Las Casas.

La historia de su detención es escalofriante. A causa de la tortura, como estaba embarazada, tuvo a su hijo 5 meses más tarde, pero Natanael nació con parálisis cerebral. Así lo relata ella:

“Fue lo más triste de mi vida de mujer, jamás podré olvidar los rostros de las personas que me golpearon injustamente. Lo más doloroso de mi vida es que en esa tortura yo me encontraba embarazada de cuatro meses. En cierto momento sentí que alguien se me echó encima, intentando violarme. En ese momento no pude más y dije: ¡no me violen, estoy embarazada!, y entonces uno de mis agresores me dice: “Si dices que lo hiciste, no te hacemos nada”. En ese momento fue que les dije que sí, que había secuestrado a la muchacha, aunque es totalmente falso”.

“Después di a la luz a un niño que tiene por nombre Natanael López que nació enfermo con parálisis cerebral, además de deforme de cara y sin movimientos en su todo cuerpo. Los doctores le dijeron a mi madre que el niño nació enfermo por la tortura que recibí cuando me detuvieron”.

Por si no es suficiente, justo 4 años después del nacimiento de Natanael, en octubre de 2011, en plena huelga de ayuno y hambre protagonizada junto con sus compañeros de lucha en la cárcel, Natanael fallece por negligencia médica en los hospitales de Chiapas. Un hecho así no es posible digerirlo.

Ahora Rosa convive con su otro hijo, el pequeño Leonardo, de tres años. Con el paso del tiempo, y a través principalmente del contacto que establece en prisión con el profesor indígena Alberto Patishtán Gómez, ha ido tomando conciencia política de su situación y de la lucha por los derechos humanos de todos los presos injustamente encarcelados, que en un país como México, son la inmensa mayoría.

Rosa está resistiendo, a pesar de tener un delicado estado de salud como varios de sus compañeros, manteniéndose activa y organizada junto con los compañeros de lucha adherentes a La Otra Campaña del EZLN en las organizaciones de La Voz del Amate, Solidarios de la La Voz del Amate y Voces Inocentes, sus nombres son: Alberto Patishtán Gómez, Rosario Díaz Méndez, Pedro López Jiménez, Alfredo López Jiménez, Juan Collazo Jiménez, Alejandro Díaz Santis, Enrique Gómez Hernández y Juan Díaz López.

Foto: Enlace Zapatista

Bueno, espero que les haya impactado el texto. Les decía que ese sitio de Internet está promoviendo la liberación de Rosa López, creemos que es conveniente recomendar apoyar esa causa. Así como la liberación de todos los demás presos políticos.

Por lo que respecta al evento en la prisión, las cosas se pusieron tensas después de los testimonios, pero el reparto de café y tamales (que ya no sabían igual) nos regresó a la pachanga. Hubo más músicos participantes y luego la rifa de la hamaca, el 69 fue el premiado (casi, pensé) y al final se juntaron todas las charangueras y cantaron una larga versión de La Bamba, la más larga que he escuchado, hasta que nos pidieron abandonar el lugar.

El frío (iba en la caja de una camioneta) y la impresión me llevaron a San Christopher hecho paleta, de shock por lo vivido. Y no quise dejar de platicárselos a ustedes, frenéticos leedores de La Crónica de un viaje al epicentro de la tierra. Para compartir mi dolor. ¿Cómo puede ser posible que existan esta clase de injusticias? ¿En qué clase de país vivimos?

Y colorín, colorado.

 

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