El corazón de la apachería: crónica desde Chihuahua

8 de agosto del 2012

Arteleaks

Foto: Historia de los apaches en Chihuahua/ compartehistoria.com

Crónica

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Uno

La primera flecha envenenada

¡Ring, riiing!, sonó el Facebook.

Una nueva misión

Era Elías Ramos, me invitaba a ir allá, a su tierra, al corazón de La Apachería. Elías y Miguel Méndez habían formado un grupo sobre Apaches en la red social de Facebook y desde ahí dirigían las acciones. Se trataba de llevarme a Nuevo Casas Grandes para presentar ante la sociedad novocasagrandina a mi libro “El Otro Lado de la Luna”. Humm, qué delicia hacerlo en el lugar donde flotan más moléculas atapascanas de todo Chihuahua. El aire revitalizaría mis pulmones llenos de hollín.

El centro de operaciones de Proyecto Nedni, en Stockton, California, empezó a procesar un cúmulo de información. James Bond y Los Ángeles de Charlie nos hacían los mandados. Juntos. La misión se preparó con todo detalle. Se trataba de un viaje al Corazón de La Apachería. Genial. Al área de Casas Grandes y Janos. Genial, repetía La Jefa Colleen.

"¡Apolo XI llamando a Stockton, Apolo XI llamando a Stockton!", se empezó a escuchar en las pantallas de la NASA apache. "¡Santo llamando a Blue Demond, Santo llamando a Blue Demond!", se oía en otro lado del complejo cibernético. Las operadoras se volvían locas tratando de sincronizar todas las comunicaciones.

Después de una reunión a distancia con La Jefa Colleen, se autorizó la misión. Se planeó con toda pulcritud, como un viaje a la luna, entre logaritmos y fórmulas incomprensibles para un ser común y corriente.

Por órdenes superiores (siempre órdenes superiores), el 33.33% de Proyecto Nedni (o sea yo), empacó las maletas y se dirigió al noroeste del Estado Grande, a cumplir su labor, con toda devoción, como siempre, y alzando los ojos al cielo, como encomendándome a Ussen, el dios de los apaches, le pedí ayuda y permiso para penetrar en su territorio. Una vieja herida me llevaba hacia allá. La herida de una historia ignorada.

Otros apachólogos esperaban con ansias al enviado especial de Proyecto Nedni. Habían desenterrado las lanzas.

Objetivo: Rescatar la memoria indígena, en lo que a apaches se refiere. Juntar las tribus desperdigadas. Dos pantalones, dos pares de calcetines, los respectivos chones y mi camiseta de Einstein …-Fuga-, me dije internamente. Ah!, pero faltaban mi libro de Villa, de Paco Ignacio Taibo, y mi colección completa de los Rolling Stones y …-Se fueron-. Trataba de darme ánimos.

A medida que penetraba en territorio apache, mis sospechas encontraban fundamento a su existencia. La organización de ese viaje obedecía claramente a que en Casas Grandes (alias Chantes Longas) había otras gentes, amantes de la historia, trabajando sin denuedo en la misma dirección. Se iban a juntar los apaches. Cincho, no todo era casualidad en este mundo. Había un grupo ya, escarbando en la historia apache. Claro! Pasamos Flores Magón, podía imaginar aquella vieja historia de los apaches robándose a Pedro Cedillo y convirtiéndolo en El Gran Jefe Vitorio (Vitorio, sin C, como le decía mi abuelo). Podía imaginar fácilmente a los apaches cabalgando por las cumbres de las sierras que pasábamos. Entonces Galeana. Buscaba el cerro donde mataron a Mata Ortiz. Entonces empezó el diluvio. El camión parecía el arca de Noé. Pero sin animales.

Y llegamos a la tierra de Ju.

La primera presentación sería a las seis. Faltaba hora y media. Todo indicaba que la fuerte lluvia no cesaría nunca. Seguro que los dioses de los hombres blancos intentaban un boicot. ¿Cómo tanta agua junta, en el mismo lugar donde hablaríamos de la apache historia? No podía ser una casualidad. Alguien en el cielo se molestaba, habían descubierto la misión supersecreta. No importa, si tuviera que llegar nadando, llegaría. Tenía una cita con esa apache historia.

Entre toneladas de agua que caían del cielo, por centímetro cuadrado, en unos segundos, mientras bajaba las maletas, me empapé, parecía que todo el cielo y los tornados de Okalhoma se venían sobre mí. Malos augurios. Mantuve el ánimo, nada desbarataría la misión. Entre la tempestad, apareció el coche de Miguel, jefe máximo de esta revolución apachosa. Y empezó la visita.

-El tiempo se nos echa encima y todavía tengo que ir por la señora Nelda, a Colonia Juárez- dijo Miguel. Y fue ahí que la vi por segunda vez. Era un honor que Nelda Whetten asistiera a la reunión. Eso le daría mayor nivel, (a la reunión, Nelda ya lo tenía), ella era de las personas que por años ha escarbado en la tierra (es un decir) tratando de desenterrar los pedazos rotos de la historia indígena de estos lugares. La acumulación de información (verso sin esfuerzo) que Nelda poseía era invaluable. Por años había hurgado en el pasado de los apaches. Era el mejor sinodal para la presentación de mi libro. Conversamos durante el camino de regreso, la lluvia amainaba, pero la enorme cantidad de charcos impediría la asistencia masiva a la vieja estación de ferrocarril que había sido convertida en Casa de cultura.

Alguna gente esperaba en el exterior. Poco más de diez. La lluvia había hecho estragos con nuestras expectativas de asistencia. Me escurrí para vestirme de acuerdo a la ocasión. Más rápido que Superman estuve listo, volví y me sentaron al frente. Observaba varias caras curiosas llenas de emoción. Esperando, reloj en mano. La presión crecía. –A ver a que horas-, me pareció escuchar entre la enorme multitud de veinte asistentes.

En La Ciudad de las Mulas (alias Chihuahua), en Cuauhtémoc, en mi tierra santa, Anahuita la Bella, había presentado mi libro. Saúl Vásquez había hecho un hermoso ensayo poético para presentarme al público. Polo Zapata, un excelente poeta de mi rancho, también había iluminado mi camino, el del libro, y apartado un poco los zarzales de la vereda de la sátira como recurso literario para hablar de historia. Ambos fueron buenísimos, en su estilo, pero el discurso de Miguel Méndez me dejó perplejo y anonadado. Ojalá y pronto lo podamos publicar aquí, como parte de la crónica de este viaje. Con precisión quirúrgica, Miguel abrió las puertas para mi participación. Nelda observaba con atención, me pareció ver brillar sus ojos. En efecto, los apaches se juntaban. Esta vez sería definitivo, rescatar la historia de los apaches no era cuestión de una persona. No son enchiladas, pensábamos.

Entre el extraordinario público asistente, mientras Miguel hablaba, en la segunda fila localicé a quién debía ser Elías Ramos, apachólogo de corazón y causante directo de esa reunión. Sereno, disfrutaba su éxito, había juntado a los apachólogos. Luego hasta mero, mero atrás vi una persona muy seria que después supe que era Javier Ortega Urquidi, adelante a la izquierda, oculto entre los demás, identifiqué a otra persona que después sabría que se trataba de Ernesto Beall, que junto con Nelda, para mi, eran los mejores historiadores apachosos del país. Claro que fue un honor tenerlos ahí, a ambos. Luego mi gran amigo Carlos Chávez animando todo con su característica pasión de apache. Miguel terminó, hay una excelente crónica de su discurso en el Diario de Casas Grandes (después les facilitamos los datos a los lectores).

Fue entonces que me cayó el veinte, estaban reunidos ahí, los mejores historiadores apachosos de México. Bueno, claro, hay otros, pero esta vez estaban reunidos muchos de ellos. Tal vez los mejores. Nomás. Solo nos faltó Víctor Orozco y Martha Rodríguez.

Ningún lugar como Casas Grandes para hablar de apaches.

Y entonces inicié mi intervención, les dije de cómo había nacido la idea del libro El Otro Lado de la Luna, de cuando primero, cuando andaba de mojado por allá por Phoenix, Arizona, me encontré el libro de Betzinez, donde leí de la última saga de Gerónimo y Ju, les dije que era un libro muy valioso. Luego les platicaba, con mi estilo churriguresco y renegado, de cuando encontré el libro de Kaywaykla y conocí de la versión de la muerte de Vitorio y, finalmente, les receté un resumen condensado de la guerra apache.

Desde 1599 los fui llevando hasta cuando Johnson masacró a la tribu de su amigo Juan José. Las fechas se acumulaban y algunos ojos se cerraban involuntariamente, excepto los ojos de Nelda y Ernesto Beall que no perdían detalle y yo aceleraba mis intentos por llamar la atención del público dormido y aumentaba mis peroratas sobre el robo de la historia indígena. En la primera fila, un reportero friccionaba su pluma con inusitada pasión, en una libretita, mientras sacaba la lengua como Mafalda cuando quería proteger al mundo. Al otro día publicaría un excelso resumen de la reunión. Pero Nelda, Elías, Urquidi (Jorge Ortega), Ernesto Beall, Carlos Chávez y Miguel a mi lado, me mantenían la ilusión de que alguien me escuchaba después de la larga exposición.

Fue hasta que llegamos a la parte de Gerónimo cuando recuperé un poco el interés de la audiencia. No obstante, el aburrimiento hacía estragos con mi público femenino. Cuando apareció Vitorio, en la plática, algunos bellos durmientes levantaron la cabeza y un poco sus hombros y vivieron la aventura de Tres Castillos. Al escuchar como encontraron al cuerpo de Vitorio abrieron sus ojotes y a duras penas contenían sus preguntas internas, yo nos les brindaba la menor oportunidad de intervenir y sin puntos y aparte también les receté las palabras de Kaywaykla, observaba escepticismo en la cara de Nelda. Como que aquella versión de la muerte de Vitorio no la convencía del todo. Pero entonces, puse el turbo e imprimí mi toque personal, hablé sobre la necesidad de rescatar la historia apache y la lucha mano a mano contra la versión oficial y echando madres contra Joaquín Terrazas, con otras palabras, claro, hice el cierre entre una lluvia de aplausos, (como cinco).

Y empezaron las preguntas. Fue delicioso, hablar con gente que sabía, que conocía el tema. Y fue entonces que Urquidi levantó la mano. -Dios mío-, me dije por dentro, -ahí viene la primera flecha.

Urquidi, acababa de publicar su libro Los Apaches del desierto que rompía récord de ventas en las librerías de Chihuahua y en él, sostenía que la muerte de Ju se había dado en otras circunstancias, diferentes a como yo lo planteaba en El Otro Lado de la Luna. Temía que El otro Lado y los Apaches del Desierto chocaran como en la guerra de verdad. El debate real iniciaba. Cada palabra era importante.

–Ya sé por donde vienes-, pensé, mientras acomodaba las flechas de mi carcajada para poder rápidamente responder al ataque, al más puro estilo de Mangas Coloradas, quién atravesaba un venado con una flecha. No fue así, su pregunta era sobre la reunión de Ju y don Porfirio (alias don Porfis), me sorprendió entre segunda y primera, su flecha dio en el blanco a un lado de mi pobre corazón desvalido.

Desnudó mi ignorancia de las cosas de Don Porfis. Argumentó que Don Porfis (alias, don Porfirio) no había estado en Chihuahua en esas fechas. Con un gran esfuerzo, saqué de mi costado la flecha envenenada mientras con una mano trataba de detener la hemorragia y le manifesté mis personales dudas sobre el particular, le expliqué que no era mi versión sino la de Daklugie, hijo de Ju. Le dije que en las memorias de Joaquín Terrazas, éste describía una visita de Don Porfis a tierras chihuahuenses. Me rebatió que esa visita de Díaz fue después de la desaparición de Ju. Herido de muerte acepté mi derrota. Entonces la cosa se puso candente, por todos lados volaban flechas, el público cayó en la provocación, eso era el libro, una provocación, les explicaba. Pos más flechas me tiraban.

Nelda pidió la palabra. Su tranquilidad calmó un poco los ánimos. Era una apache amiga y no llevaba armas, calculé, y sí, sólo hizo un comentario sobre Gerónimo. Discretamente dejó para otra ocasión sus observaciones sobre el libro y la muerte de Vitorio. Sí, el verdadero debate sobre algunos eventos muy polémicos para los historiadores, iniciaba soterradamente. Se auguraba una visita posterior a Colonia Juárez, donde ella vive. Agradecí su discreción, ya eran muchas las flechas que mi cuerpo había recibido.

 Miguel me arrastró entre la multitud y ayudó a escurrirme de nuevo, pero ahora para escapar. Temblando y con la ropa interior mojada de sudor, salí de mi primer encuentro con la sociedad apachosa, en el corazón de La Apachería, donde sí saben de apaches. Aún temblando salí a fumar un cigarrillo, evadía la plática directa. ¡Dalai, dalai!, repetía.

Había que prepararse mejor para el otro día cuando nos presentaríamos en El Pueblo (Casas Grandes), al otro lado del río. Los paquimeítas nos esperaban ansiosos. Tenía un día para lamer mis heridas. Primera batalla. Cero hits, cero carreras. Tres ponches.

Esto no se acaba hasta que se acaba, recordé al gran Yogui Berra.

Continuará…

Os seguiré reportando desde El Corazón de la Apachería. Manden curitas.

Vinicio Chaparro

Enviado especial de Proyecto Nedni

     

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2 Responses to “El corazón de la apachería: crónica desde Chihuahua”

  1. Almanzor Says:

    HIMNO VENCEREMOS (bájenlo de youtube)

    A)
    Desde el hondo crisol de la patria
    se levanta el clamor popular,
    ya se anuncia la nueva alborada
    toda América comienza cantar

    B)
    Recordando al soldado valiente
    cuyo ejemplo lo hiciera inmortal,
    enfrentemos primero a la muerte:
    traicionar a la patria jamás.

    C)
    ¡Vencéremos! ¡Vencéremos!
    mil cadenas habrá que romper
    ¡Vencéremos! ¡Vencéremos!
    al fascismo sabremos vencer.
    [otra vez C]

    D)
    Campesinos soldados mineros
    la mujer de la patria también,
    estudiantes empleados obreros
    cumpliremos con nuestro deber.

    E)
    Sembraremos las tierras de gloria
    socialista será el porvenir,
    todos juntos haremos la historia
    a cumplir, a cumplir, a cumplir.

    [otra vez C]
    [otra vez C]

    Este combativo y hermoso himno es una adaptación al cantado por las unidades obreras en el Chile de Salvador Allende.

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  2. Kuko Says:

    Es interesante conocer y descubrir la verdad, la version de los apaches, y la version de los que no lo fueron... Es malo vivir en un engaño, si eso llegara a ser lo que hacen los libros de historia...Tal vez ya conociendo cada una de las versiones, nos identifiquemos con el grupo al que pertenecemos, no creen?

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