Columna: Una colorada

Lilia Cisneros Luján

Congruente con el vocablo latino “revoltum” una persona damnificada en la oficina de un funcionario de la ciudad de México, daba vueltas sin parar en la sala de espera del susodicho, al preguntarle si no deseaba sentarse en el lugar que yo ocupaba me respondió “No gracias, es mi forma revolucionaria de decirles que estoy molesta con sus políticas y que camino para no tener que recurrir a la violencia de alzar la voz o tomar un arma”.

Hoy justamente es el día que en México quedó establecido como el inicio de la revolución, que nos enseñaron desde los grados primarios, dejó un millón de muertos y permitió reglamentar a grado constitucional derechos sociales vinculados con el trabajo, la propiedad de la tierra y los espacios aéreo, radioeléctrico y el trabajo. Los años posteriores a esta fecha ocurrida hace 107 años fueron, ni que negarlo, de dar vueltas; generales iban y venían, presidentes se elegían y se derrocaban o mataban y con todo y los discursos y las justificaciones de “la gente de izquierda” por los hechos violentos que apenas ahora se empiezan a reconocer, no se llegó a la anhelada igualdad, el reparto equitativo del territorio y la riqueza, mucho menos el respeto a los derechos humanos sobre todo de las mujeres y de los niños.

Nuestra revolución -seguramente también la bolivariana, la española y hasta la francesa- luchó para cambiar aspectos políticos sociales, económicos y jurídicos de los mexicanos y los que por aquí anhelan lograr esa calidad; pero se puede decir que ¿le dimos vuelta al robo de nuestros recursos del subsuelo –léase minería y petróleo- a la desigualdad en la forma de vida de la población a fin de que se acerquen las condiciones de las estrellas de Forbes y los habitantes de Oaxaca o Chiapas?

Si nuestros nietos oyen de revolución se asustan, no pueden concebir que alguien considere un orgullo el que los derechos sociales logrados -cuando menos el original- en la constitución de 1917, sean algo de que presumir; para ellos se da vueltas en la bicicleta, la patineta y cualquier otro vehículo que entre más sofisticado mejor se asocia con el triunfo personal. Porque los pobres no son algo que les interese, el foco de su atención está en el éxito personal.

El 20 de noviembre ya no es siquiera un desfile cívico de estudiantes de secundaria en las delegaciones, mucho menos la posibilidad de recibir una beca por méritos y no con sentido electorero. Es el disfrute de un puente, en el cual el tema es divertirse en Acapulco –igual si es en Caleta que Puerto Marqués o Diamante, pasando por Hornitos o la Condesa- para olvidarse de los problemas cotidianos, beber, bailar y no pensar en cómo voy a pagar la tarjeta de crédito.

En un país donde se impuso el capitalismo, ser revolucionario es ser anacrónico, proclive a la violencia –aunque sea verbal- y fuera de lugar. Mientras la oferta turística pueda ser accesible, a los paseantes les importa muy poco las condiciones de quienes sirven en los hoteles lo mismo en la cocina que en las mesas o lo jardines “son pobres porque han elegido la holganza y la trampa”, me refutó un joven estudiante de la Universidad del Valle de México. En esta línea vienen todos los ejemplos de: los que se van otros países porque aquí no se estimula a los inteligentes, igual se critica a los priístas que son corruptos, a los perredistas por ladrones abusivos y nacos y hasta los morenistas por tránsfugas y mentirosos. ¿Qué saben de revolución los funcionarios que aún tienen responsabilidad porque el sexenio no se ha terminado? ¿Porque a estos se les critica cuando los descubren en una fiesta y no cuando son omisos en su trabajo?

Tengo en mente las imágenes desoladoras de unas cascadas que de la noche a la mañana amanecieron secas en Chiapas. Los “expertos” de gobierno dijeron que en 20 días tendrían el diagnóstico de lo que pasó y los pobladores en 24 horas resolvieron el problema ¿Alguien les reconoció su sapiencia y su trabajo? ¿Qué no el gobernador de esa entidad pertenece a un partido que se ocupa de la conservación y el equilibrio ecológico? ¿Sabe este novel y educado gobernador porque su abuelo se consideraba revolucionario? Si acaso lo sabe ¿Se siente orgulloso de ser descendiste de una estirpe que por la lucha hizo posible su disfrute de ahora?

Marcuse, trata de justificar la violencia inherente a las revoluciones, sólo porque son movimientos de las sociedades –en movimiento- para cambiar el orden y las estructuras establecidas; pero en la realidad casi siempre tienen por objetivo derrocar a un gobierno, y si esto es verdad no se puede decir que son esencialmente “movimientos completos”, pues si se trata solo de cambiar al que manda podemos decir que son revolucionarios los policías que se enfrentan a grupos “poderosos” que se han salido de la raya –ambulantes, narcotraficantes, sociedad civil que marcha sin permiso- y que pretenden ostentar el poder, solo por ser ciudadanos y a contrario sensu, estos últimos podrían ser también revolucionarios cuando linchan, agreden a la autoridad o roban trenes y trailers.

La verdad es que hoy enfrentamos un aniversario más, igual de descolorido que los últimos celebrados en esta y otras materias; los productores de cine y televisión ya se encargaron de desmitificar a Villa, Zapata y muchos otros hombres y mujeres que están en el catálogo de los revolucionarios. Me quedo y traigo a colación a un verdadero revolucionario quien dijo “Tiene autoridad moral el que hace frente a lo violento por medio de lo no violento”, Mahatma Gandhi, considerado el dirigente revolucionario de más importancia en el movimiento de independencia de la India en contra de Inglaterra y no hizo más, porque lo asesinaron en 1948. La desobediencia civil pacífica, también es revolución, que lo entiendan los dirigentes de grupos en esta dimensión que es el mundo y no el paraíso es también algo muy poco probable.

Deja un comentario