De músico a cocinero: un zapoteco en Los Ángeles

Kau Sirenio Pioquinto

LOS ÁNGELES, California.- El viernes se fue desvaneciendo en el 4318 de la avenida S. Main St, al Sur de Los Ángeles, mientras los comensales provenientes de todas partes de la ciudad degustaban las tlayudas de carne asada, moronga o chorizo, cocinadas por Alfonso “Poncho” Martínez, zapoteco emigrado en Estados Unidos.

Nacido en Santo Domingo Albarradas, Tlacolula, Oaxaca, Alfonso llegó a la capital de California hace 19 años aún con su clarinete, que con el tiempo fue dejando para entrar de lleno a la cocina. “Lo primero que hice en esta ciudad cuando llegué fue trabajar en la cocina”, recuerda en una plática en su casa, acompañada de mezcal y chapulines traídos del Istmo.

Durante los primeros años que Alfonso vivió en Los Ángeles, combinó la cocina con la música. Los fines de semana se unía a la banda de música de viento de Santo Domingo Albarradas para tocar en las fiestas familiares y cada año lo hacían en la fiesta patronal organizada por la comunidad migrante.

Mientras prepara una tlayuda con moronga para unos comensales, Poncho hace una pausa y vuelve a la conversación con nostalgia. “No es tan fácil deshacerte de lo que aprendiste de niño. Para mí, la música es lo máximo; aprendes algo nuevo y no lo sueltas. Aunque ya no esté en una banda, sigo con mi clarinete”.

La experiencia de Alfonso en sus primeros años de vida fue en las laderas y faldas de los cerros que rodean su pueblo. En Oaxaca todos los días escuchó el canto de las aves y el murmullo de las hojas de los pinos y las aguas de los ríos. Ese paisaje le envolvió hasta que cumplió 20 años, cuando cruzó la frontera.

El 10 de junio de 2016, Alfonso recibió el certificado por «las mejores tlayudas», un reconocimiento a emprendedores del año por su producto innovador que contribuye a la diversidad gastronómica que otorga la alcaldía de Los Ángeles.

“Poncho’s Tlayudas es un espacio de resistencia gastronómica y soberanía alimenticia”, dice Alfonso. “Aquí la resistencia va de la mano con la solidaridad con organizaciones sociales como el Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), que organizan con frecuencia conferencias y presentaciones de libros”.

El aprendizaje en Oaxaca

A principios de los noventa y con apenas once años de edad, Alfonso llegó  a Tlahui. Adoptó al internado como su nueva casa, y sus compañeros y maestros se convirtieron en su nueva familia. “Mucho después comprendí a mis maestros; ellos siempre nos decían que estábamos en el camino que nos llevaba a un futuro mejor si le echábamos ganas en el estudio”, recuerda.

Mientras deshebra el quesillo traído de Oaxaca, jala el cordón que lo ata a la historia de su infancia, cuando se fue al Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (CECAM), en Santa María Tlahuitoltepec Mixe, donde se formó como músico zapoteco.

El CECAM es un internado para niños y adolescentes indígenas de la región; además, ofrece secundaria, bachillerato y técnicos en reparación de instrumentos musical. “Mañana me voy a Tlahui a estudiar música”, espetó Gerónimo Martínez mientras pescaba en el río de Santo Domingo Albarradas.

“Papá, mañana vamos con mi primo Gerónimo a la escuela de música en Tlahui”, dijo Alfonso cabizbajo. «Está bien, nadie te está sacando, pero vamos, yo te llevo», contestó Juanino Martínez Chimil.

Al día siguiente de la plática familiar, papá e hijo salieron a las tres de la mañana de Santo Domingo al crucero de Matagallinas a esperar el camión que lo llevaría a Tlahuitoltepec. “Caminamos cuatro horas, hasta que llegamos donde pasa el camión que va a Tlahui. El autobús hizo dos horas más de camino entre carretera que van surcando entre las montañas”, revive. “La ropa que lleva puesta ese día, era un pantalón café y una camisa beige y zapatos negros; fue la ropa que usé en mi graduación de primaria… Ah… la mochila me la llevó mi hermana que vivía en la ciudad de México”.

–¿Qué aprendiste del CECAM? – le pregunto.

–Para mí, el CECAM fue muy fácil, porque ahí las rutinas eran lo mismo que hacía en mi casa con mis papás. Sin embargo, aprendí a ser más disciplinado; hasta ahora recuerdo las palabras que mi maestro me decía: “Sí vas hacer algo, hazlo tú mismo, no des instrucciones, porque la gente no entiende lo que haces”.

Una vez que Alfonso terminó su estancia en el internado, regresó a Santo Domingo Albarradas y se integró a la banda de música comunitaria. Aún adolescente, acompañaba a la banda en los rezos y fiestas patronales de las comunidades vecinas.

Un año después emigró a la ciudad de Oaxaca, donde se empleó en la construcción, trabajo que dejó, pronto, cuando se reencontró con excompañeros del CECAM que fueron a una tocada en la capital. “Poncho, vamos mañana a una tocada”, le propusieron. Así que el jueves avisó que faltaría al trabajo dos días. “No podré venir el viernes ni el sábado; regreso el lunes”, le dije al maestrero.

De esa primera tocada, Alfonso fue conociendo más el ambiente de la música y las mieles del dinero, pues ganaba más que en la obra de construcción, en cuatro días de tocada recibía el doble de la paga que tenía como ayudante de albañil.

“Cuando fuimos a tocar en la colonia Monte Albán, en la Ciudad de Oaxaca, fue la primera vez que vi mucho dinero junto. Por tocar jueves, viernes, sábado y domingo me pagaron trescientos pesos; además, nos dieron comida y bebida. Tal vez por mi edad, no vi esa tocada como día de trabajo, sino como un fin de semana de parranda”, suelta a carcajada. “Quise ser músico militar, pero no pude, porque no tenía documentos que me pidieron en la Secretaría de la Defensa Nacional”, agrega.

Sin embargo, eso no lo desanimó, sino que siguió ensayando con el maestro Manzano, de la Sierra Juárez, quien venía de la banda Militar de la Ciudad de México. Él tocaba con la banda Eco Serrano en Oaxaca.

Alfonso tocaba en la banda Santa Cecilia, en Santo Domingo Albarradas, pero a su vez, era músico invitado en otras bandas donde le pagaban un promedio de 200, al inicio. Después le incrementaron el salario de 400 a 600; hasta mil 400 pesos cada fin de semana, cuando los maestros de su pueblo ganaban 800, 900 pesos quincenales.

Las dificultades en México

Poncho aprendió a cocinar en el CECAM después de quedarse sin comer dos veces. La primera vez que no tuvo comida fue cuando su hermana se fue a la Ciudad de México; años después, se repitió la historia cuando quiso sorprender a su mamá, pero el sorprendido fue él. En su casa no había quién le cocinara. “Todos estaban vendiendo en la feria del pueblo”.

Alfonso "Poncho" Martínez Luis, preparando tlayudas en Los Ángeles.
Alfonso “Poncho” Martínez Luis, preparando tlayudas en Los Ángeles.

“Me quedé sin comida dos veces por no saber cocinar, así que le pedí a las cocineras del internado que me dejaran ayudar en la cocina. Lo que quería era aprender a cocinar, así que me la ingenié para ayudar todos los días, cuando terminaba la tarea de la escuela y corría hacia a la cocina”, recrea.

Alfonso dice que con el paso de los años aprendió a cocinar. “Huevos revueltos… no hice sándwich porque en el internado no se comía más que tortilla. Al terminar la secundaria regresé a Santo Domingo, con nueva mentalidad. Me levantaba temprano a barrer, a lavar mi ropa e ir a correr a la cancha”.

La mamá de Poncho, Feliciana Luis Morales, le enseñó otra parte de la cocina, mientras tejía petates para ayudar a la economía familiar. Porque el papá se dedicaba al cultivo de maíz.

Ya en Los Ángeles, Poncho trabajó de lavatrastos. “Empecé a trabajar un lunes; sólo me dieron instrucciones de lo que iba hacer; yo no sabía lavar trastes; eran bastantes platos, como cien por hora, aparte los cubiertos, ollas, jarras. La verdad yo no estaba preparado para hacer eso, pero aprendí y aquí me ves”, relata.

El cruce clandestino

Alfonso despertó a las 6:00 de la mañana en el hotel en Mexicali. Después de lavarse la cara buscó a sus compañeros que se quedaron con él, pero no los encontró. Tras meditarlo por un rato, sacó un billete de 200 pesos que traía escondido bajo la plantilla de su zapato; con ese dinero almorzó. El día anterior no comió por la caminata en el desierto.

“Cuando desperté, no estaban los demás; me habían dicho que es muy común que te abandonen en el camino sin avisar; lo mismo le hacen a las mujeres, si no traen dinero. Por eso guardé mi dinero en mis zapatos; otros lo guardan en el dobladillo de la camisa o ropa interior», explica Poncho.

Después de almorzar, caminó sin rumbo, ni siquiera sabía a dónde iba. Quebró en la primera esquina, de ahí tomó otra calle; así anduvo hasta la tarde. Entonces, se encontró a un ‘coyote’ que le ofreció cruzarlo de nuevo. “Vente conmigo, ahorita nos vamos”, propuso el desconocido.

Antes de llegar a Mexicali, Alfonso estuvo en Tijuana en los primeros días de noviembre de 1999, procedente de Oaxaca, su objetivo era cruzar la frontera. Primero lo hizo con sus compañeros en la garita de San Isidro, pero les cayó la migra. Ese día corrieron en la franja fronteriza durante la noche para que no los detuvieran. Al día siguiente, optaron por el Río Colorado, pero no corrieron con suerte, hasta que los llevaron a Mexicali.

–¿Por qué te viniste a Los Ángeles?

–Cuando somos jóvenes pensamos que vamos a ganar mucho dinero. Pero no es así. Sin embargo, quería conocer otras ciudades; en México recorrí toda la Sierra Juárez, el Istmo de Tehuantepec, y parte de Morelos y la Ciudad de México. Pero siempre falta algo nuevo por conocer.

–¿Por dónde entraste?

–En Mexicali

–¿Mexicali? ¿En el desierto?

–No. En la garita. Caminé entre el puesto de revisión y el carril vehicular, mientras la policía revisaba a las personas.

–¿Ah… sí?

–Sí. Iba con miedo, porque ya me habían agarrado ahí; pero el coyote me animó. «Tu hazlo, no te van a agarrar no te preocupes», me dijo. Y, mira, aquí estoy.

–¿Cuánto tiempo tardaste para cruzar?

–Tres semanas. Entre Tijuana, Mexicali,

San Luis Río Colorado, Algodones… ya no recuerdo dónde más estuve después de vueltas y vueltas, hasta que pude pasar.

Después de cruzar en la frontera, Alfonso se quedó en un hotel antes de viajar a Los Ángeles. “Estuve dos días en el hotel, hasta que el señor regresó por mí; me llevó a Los Ángeles en auto deportivo, un Corvet… bueno, no sé mucho de carros. Pero ese día, recuerdo que salimos de la casa del ‘coyote’, entramos en la autopista, luego pasamos por el Estudios Universal”.

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