«Abrazos, no balazos» frente al mito de la seguridad pública

Tomás Borges

“Se puede decir que no hay países subdesarrollados sino mal gestionados»
Peter Drucker

La seguridad es un mito. Bajo esta premisa, puedo afirmar que la seguridad en México es un muy lucrativo negocio en el cual se gastan millones de pesos cada año, con la quimera de generar la percepción de seguridad entre los gobernados. Sueño que nos venden a través de los medios masivos de comunicación, tal como la actual administración (que prometió mucho en la materia y ha sido omisa con casos emblemáticos como El falso caso Wallace) lo está haciendo con su proyecto de la Gendarmería Nacional.

El ciudadano de a pie lo sabe y vive día a día el fenómeno de la delincuencia en cualquiera de sus manifestaciones, la cual no tiene distingue de partidos ni religión, siendo prueba palpable la extensa nota roja diaria que da los pormenores de los actos criminales a lo largo y ancho del territorio nacional.

La delincuencia organizada no se acaba por decreto ni apelando a las madres, de los criminales, tal como lo cita el actual presidente López Obrador, quien sólo le falta decir (en sus homilías disfrazas de conferencias) que nos unamos en oración para que los criminales entren en razón y dejen de delinquir.

No conozco a ninguna familia que no haya tenido un encuentro con el hampa, viendo con tristeza que cada sexenio se reinventan los aparatos encargados de velar por la seguridad de la sociedad (PFP, PF, AFI, Gendarmería y Guarda Nacional) y las premisas siempre son las mismas: capacitar más a los policías, que se les pague más, que se les dote de mejor equipo y un largo etcétera, pero la realidad no cambia, ni la percepción de seguridad aumenta.

No hay que olvidar que el miedo vende, y nos infunden temor al grado de creer que la erradicación de la delincuencia organizada es una labor titánica, por no decir imposible, y que ésta debe de estar en manos de los elegidos, quienes son los mismos de siempre y que autonombrándose expertos, lucran con la seguridad y con los recursos designados para tal efecto.

Cómo dice el investigador Philip Zimbardo: “Estoy convencido de que el miedo es la mejor arma psicológica de que dispone un Estado para manipular a sus ciudadanos al punto de que están dispuestos a sacrificar libertades y garantías básicas a cambio de la seguridad que les promete el gobierno omnipotente”. (Citado por Pedro Baños en Así se domina el mundo, Editorial Ariel, México 2018).

En este sentido, vemos cómo los secretarios de Seguridad cuando fracasan en su encomienda, simple y llanamente son reciclados y comisionados o contratados en otros estados, o cuando no están en el círculo del poder, simplemente ponen empresas de Seguridad privada, y curiosamente en algunos casos en sociedad con los empresarios a quienes tomaron como proveedores durante su gestión.

Es por ello, que siempre he dicho que el problema de la seguridad es un problema de Seguridad Pública y no de política, porque cuando se juega a hacer política con los delincuentes, siempre se termina con un mal balance para el gobierno, siendo el hampa la única ganadora de este enfoque estúpido.

Todo tiene un origen y en el caso del crimen organizado es la impunidad y las leyes laxas que, en lugar de inhibir el crimen, hacen que sea más lucrativo ser corrupto y que haya seguridad de primera y de segunda, dependiendo de la capacidad económica y fama del afectado.

Como dice Robert L. Oatman: “En un mundo agrietado y peligroso, los riesgos abundan. Todos saben que hacemos cosas para reducir los riesgos que enfrentamos. Compramos seguros, vemos a ambos lados de la calle antes de cruzar, no vamos a las partes peligrosas de la ciudad. Nos protegemos instintivamente”. (El Arte de la Protección a Ejecutivos, Noble House, 1997).

Tal como señaló el autor citado, los seres humanos nos protegemos instintivamente y, al respecto, el Estado ha delegado atribuciones que antes sólo le competían, como la salud y la educación (y la seguridad) bajo el falso argumento de que no eran redituables y que había que permitir una proliferación de escuelas y hospitales de todos los precios y niveles, debido a que en parte el gobierno no puede cubrir la demanda académica y de salud, legando dichas atribuciones a empresarios -que amparados con sus contactos en el gobierno- han lucrado con el bienestar del pueblo mexicano.

En una sociedad donde se es más rentable delinquir y cuestionar la autoridad del Estado, gracias a la difuminación del poder (como dice Moisés Nahim en El Fin del poder, Edición de Bolsillo, México, 2017), en donde se idolatra a los transgresores, siempre habrá émulos que buscarán la trascendencia, transgrediendo.

Para erradicar al crimen, se combate con lo que se tiene. No se crean nuevas corporaciones dejando que se oxiden las ya existentes, ignorando a la gente valiosa, que tuvo la desgracia de ser comandada por mediocres y corruptos. Por decirlo de otra forma, los leones dirigidos por corderos, o por cerdos, como ha ocurrido en los últimos años en México.

No cabe duda que se sigue poniendo el vino nuevo en odres viejos, lo que hará que el presupuesto destinado para erradicar el crimen organizado, sea un dinero erogado sin lograr los resultados por la mayoría esperados. Un ejemplo de ello, José Torres Charles, vinculado al crimen y nombrado administrador Central del SAT, lo que orilló a que las organizaciones como Familias Unidas y Fray Juan de Larios  solicitaran la investigación del funcionario por la vía penal en su gestión como procurador de Coahuila entre el 2005 y el 2012.

El mito de la seguridad 

“Ninguna sociedad está libre de delincuencia organizada, excepto las más represivas (y, si bien Corea del Norte posee niveles muy bajos de crimen organizado, su presupuesto estatal depende de forma decisiva del tráfico de drogas con las organizaciones delictivas de los países vecinos)”, nos dice Misha Glenny (Mc Mafia, Destino, Barcelona 2008), lo que nos muestra que ninguna sociedad está a salvo del flagelo del crimen organizado, nacional o internacional.

Partiendo de lo anterior, podemos inferir que la seguridad es un mito. Con esta frase tan lapidaria como lacónica, quiero remarcar que la seguridad es un ideal, una meta, ya que siempre van a haber fallos en la misma, y nunca se va a garantizar que no pase nada a los resguardados de una nación, por lo tanto se convierte la seguridad en una percepción de seguridad, un mito que todos asumimos como verdadero si nos crean los factores mediáticos, jurídicos, y bélicos para ello. Y aún así, debe considerarse que todos los planes que se hagan al respecto no pueden dejar de tomar en cuenta la máxima enunciada por el General Von Moltke, “ningún plan supera la realidad”.

La inseguridad, así como “la delincuencia organizada y la corrupción florecen en la regiones y los países en los que existe poca confianza pública en las instituciones”, siguiendo las palabras de Glenny, no se erradican por decreto.

Partiendo de que la seguridad es un mito, una guía, una excusa para que las mayorías cedan su libertad en aras de una ilusión, el combate frontal al crimen es un pretexto para que los ciudadanos cedamos derechos y espacios, en aras de una tranquilidad ficticia. A lo largo de la historia, la seguridad ha sido utilizada como instrumento político y ha sido visto como una utopía, un ideal, una sombra como las observadas por los prisioneros en la caverna de Platón y o vemos con la necedad del presidente de poner un mando militar en labores civiles de seguridad.

El coronel del ejército español, Pedro Baños destacaba que “todos somos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, principalmente por personas de las que nunca hemos oído hablar”; en referencia a “los medios de comunicación crean un escenario artificial e interesado que pocas veces coincide con la realidad objetiva. En ocasiones, ni siquiera se percibe ningún color, dejándose traslucir apenas las penumbras de la verdad” (Pedro Baños, Óp. Cit.).

“La opinión dominante es la opinión de la clase dominante”, conocida frase de Karl Marx, que podemos evocar cuando un delito pega al bolsillo o los intereses de la clase dirigente, y se convierte en un problema de seguridad nacional, tal como sucedió con la campaña contra el Huachicoleo, donde hubo mucho ruido y pocas nueces. Al menos, el combate a esa corrupción específica no fue lo esperado ni lo proporcional a la magnitud de la corrupción. 

Pareciera que el actual presidente de México, esté siguiendo los mandamientos religiosos que profesa para dirigir el país, cuando la laicidad debe de ser el eje rector, ya que con “Abrazos y no Balazos”, no se combate al crimen; porque de ser así tendrían que dotarles de biblias a los integrantes de la Guardia Nacional, y no fusiles.

En espera de que los políticos tomen las riendas y reconozcan los riesgos de politizar más la seguridad, y en espera de que los corruptos sean castigados y no amnistiados. La justicia en México es un deber, pero también la única esperanza de mantener de pie a la Nación. 

¡Señor Presidente López Obrador: En Usted está callar bocas y hacer las cosas diferentes y dejar que los zalameros le endulcen los oídos y le digan lo que quiere escuchar! Usted es Presidente de México, no de su partido. ¡Usted no tiene que convencer a sus correligionarios, sino a los que aún dudan de usted!

Recuerde que, en su momento un político llamado Adolf Hitler pensó que estaba en lo correcto; y fue vitoreado por su pueblo y murió en la oscuridad de un búnker.

Por último, no olvide que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.

@borgestom

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